Mi primo perdido
- 13 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 21 abr 2025
Todo se apagó. El sentimiento fue inexplicable. Me levanté ayer, hoy, para el día que escribo esto; espero que se pierda y nunca más recordar lo que haré, pero tengo que cumplir con mi labor.
¿Él? Ya estará en la otra vida. Sin embargo, lo que queda es tinta en los libros, los sentimientos que me dejó cuando vagamente lo veía. Su atrevimiento y amor a lo que le gustaba es parte de lo que admiro. Jajaja... Pero para ser sincero, por compartir apellido lo conocía; más aún, fue mi asidero para parecerle interesante a alguien, cuando en inicial todos tenían algo que decir. Yo era el único mudo con voz que tenía tanto que contar. Después obviaba cualquier actividad que hiciera, salvo algunas excepciones: cuando volvía a ver La ciudad y los perros de Lombardi, o en YouTube sobre Conversación en La Catedral. Le volví a tomar importancia cuando llegaron las elecciones del 2021. Aunque ahí no fue el escritor el que me interesó, sino el hombre político, el que se había enfrentado al chino. Pero fue recién al año siguiente, en mi etapa preuniversitaria, que su voz en los libros me empezó a gritar de verdad.
Mis padres de bautizo, don Raúl y doña Dina, me regalaron un libro con nombre de perro. No era La ciudad, sino recién nacidos, y el otro de autoridad. Les seré sincero: Abrí el regalo como quien desenvuelve un secreto, esperando encontrar La ciudad. Pero era otro. Uno con nombre de perro y olor a biblioteca vieja. Cerré el libro sin leerlo, como quien no quiere saber.” La verdad es que quería que fuera La ciudad; sin embargo, era una obra de viejo.
Me metí dentro de sus obras, de sus personajes, como si ya no fuera quien hace años compitió con el chino para ser presidente en una época que no me tocó vivir.
Era un tipo que escribía con rabia, con claridad, con esa forma de sacudirse el cuerpo sin pedir permiso. Hablaba de poder, no como algo ajeno, sino como algo que se mete en la piel. En sus libros, el poder se huele a diestra y siniestra. Se siente en la mugre de la ciudad, en los susurros, en el miedo y en la traición. Me pegó especialmente cuando hablaba de la ciudad. De una Lima sucia, hermosa, partida en mil fragmentos. Entendí que la amaba y la odiaba a la vez. Y también me di cuenta de que me sentía parecido por muchas cosas. A veces creo que lo entendí mejor cuando lo leí fuera de clase, cuando lo vi decir con palabras largas lo que otros no se atreven ni a pensar.
Me llamó la atención que alguien que escribía así se hubiera ido tan lejos. Primero a París, luego a Londres, a Madrid. Como si tuviera que exiliarse no solo del país, sino del idioma, para poder entenderlo mejor. Me impresionó su disciplina, la forma en que hablaban de él como un obrero de la literatura, que se sentaba a escribir todos los días, como si escribir no fuera arte, sino resistencia. Y quizás lo fuese. Para él, al menos.
Se nota que creía en la palabra. Tanto que le dio la espalda a la ficción por un tiempo para meterse en política. Ahí es cuando muchos dicen que se rompió la ilusión. A mí me parece que solo siguió su lógica: si creía que la literatura podía cambiar al mundo, ¿por qué no intentarlo con las leyes?
No lo sé. Lo que sí sé es que cuando ganó el Nobel, yo era chico, pero recuerdo el alboroto. Fue como si por un momento todos quisieran ser su primo, su vecino, su lector más antiguo. Yo ya era Vargas, pero ese día fue como si el apellido me pesara más.
Hoy me pesa distinto. No por prestigio, sino por lo que significa escribir con coraje. No sé si algún día lo lograré. Pero si alguna vez lo hago, sabré que no fue por azar, sino porque leí a alguien que se atrevió a decirlo todo, incluso lo que dolía.





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