El hombre que me enseñó a vencer a la vida
- 21 abr 2025
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Actualizado: 22 abr 2025
Para mi padre, que me enseñó con el ejemplo más que con las palabras.
redactado por: Hiroshi Vargas
Aunque jamás se lo haya dicho con todas sus letras, él lo sabe. Lo adivina en mis silencios, lo reconoce —seguramente— en la forma en que lo observo cuando camina por la casa dando órdenes, cuando enciende el televisor para ver fútbol, cuando se sienta a cortar un pollo con la misma concentración con la que un general estudia el mapa antes de una batalla. Sabe que lo admiro, que lo he admirado siempre.
Recuerdo, por ejemplo, una escena trivial en apariencia pero reveladora: yo sostenía una gallina y él, con la seriedad que reserva para las cosas importantes, me decía:
—Tienes que saber de todo, porque cuando yo muera... ¿qué será de ti?
Esa misma pregunta, repetida como una letanía a lo largo de mi infancia, aparecía en los momentos más insospechados: cuando íbamos juntos al mercado de frutas, cuando me enseñaba a cocinar, cuando me hablaba de los motores de los autos o de las maneras correctas de enfrentar las dificultades.
—¿Qué será de ti? —repetía, como si esa frase fuese su forma de decir “te quiero”, como si en ella cifrara toda su preocupación, su amor, su deseo de que yo no dependiera de nadie, ni siquiera de él.
No era duro por desprecio ni severo por falta de afecto; al contrario, su cariño era de esos que se demuestran haciendo, no diciendo. Fue él quien me enseñó a manejar su automóvil —que luego estrellaría, para su disgusto—; él quien, sin perder la paciencia, desensambló conmigo el vehículo cuando el rotor se malogró. Me dio lecciones de vida, de autosuperación, de entereza. Y mientras otros leían libros de autoayuda, yo lo tenía a él: a un padre fuerte, hecho de acción y no de teoría.
A veces, cuando lo sacaba de quicio, cuando mis torpezas o mis necedades lo exasperaban hasta el límite, me gritaba:
—Tú me vas a matar, me tienes harto.
Pero incluso entonces, detrás del enojo, latía un deseo profundo: que yo fuera mejor que él, que alcanzara lo que a él le costó una vida entera construir.
Le gusta el fútbol. Es hincha de la "U", aunque no con la misma pasión ciega con la que yo lo soy. Solía decirme:
—Admira el fútbol, pero no te dejes arrastrar por el fanatismo.
Trabajar a su lado era, es, una experiencia reveladora. Su obsesión por el detalle roza la manía. Puede perdonarte muchas cosas, pero jamás dejar la cocina sucia o el cuarto desordenado. El orden es, para él, una forma de respeto.
El Ejército le vino como anillo al dedo. En la disciplina, en la jerarquía, en el deber, encontró no una imposición sino una vocación. En los momentos críticos —cuando las papas queman, como él diría—, se mantiene sereno, dueño de sí mismo, como si en su interior hubiese una reserva inagotable de calma. Lo entiendo. Sobrevivió a cosas que harían temblar al más valiente: fue un niño que vendía dulces en la calle, que ayudaba a su madre en el mercado, que tuvo un hijo a los dieciséis años. Más tarde, fue enviado a las zonas más peligrosas del país: Pichari, Sondor, Ocros, Vilcashuamán, el frente Huallaga... Y también, como si no bastara, combatió en la frontera contra los ecuatorianos.
Mientras tanto, cuidó a mi abuela cuando enfermó, y a mi abuelo —el mismo que lo abandonó junto a sus hermanos cuando eran pequeños— no solo no le guardó rencor, sino que lo honró. Hablaba de él, de David, con una admiración que desarmaba. Ambos eran, para mí, los nombres del trabajo duro, de la resistencia, de la dignidad.
Mi padre es un héroe de guerra. Un creyente de la fe sin alardes.
Nunca olvidaré esa imagen que tengo grabada como un retrato antiguo: él, regresando al alba después de una noche de fiesta, los ojos cansados pero la voluntad intacta, parado a las ocho en punto en misa, sin importar el sueño ni el cuerpo. Su religión no era cómoda ni negociable; era un acto de disciplina, de coherencia con aquello en lo que creía.
Dios lo ha tratado bien, o al menos así lo parece. Muchos hombres de su edad ya están vencidos por el cuerpo o por el alma; él, en cambio, sigue erguido, fuerte, desafiante. A veces camino a su lado y me siento una tortuga, una caricatura de la energía que él todavía emana. Y me da rabia, sí —una rabia sana, casi admirativa— no poder superarlo, no alcanzar siquiera su sombra. Pero al mismo tiempo, siento un amor hondo, infinito, por cada lección que me da, aun cuando sus palabras estén envueltas en el tono brusco de siempre.
Tiene una forma curiosa de decir “te quiero”. A menudo lo hace entre risas, con una palmada, con un “huevonazo” que, en su idioma secreto, es sinónimo de cariño. Él no es de los que abrazan o se deshacen en ternura; su afecto tiene la forma de una advertencia, de una corrección, de un consejo camuflado entre groserías.
Gracias, padre —quiero decirle ahora, aunque quizás nunca lo haga en voz alta—. Gracias por cada enseñanza, por cada gesto, por cada vez que elegiste hacer lo correcto incluso cuando era más fácil rendirse. No te juzgo por lo que hiciste mal, porque lo que hiciste para remediarlo vale más. Porque reconociste tus errores, porque seguiste adelante, porque nunca permitiste que tus caídas definieran tu historia.
A pesar de tu forma de ser, de ese carácter difícil que a veces espanta a quienes no saben leerte, yo sí te comprendo. Y me aterra pensar qué habría sido de mí sin tus palabras, sin tus consejos, sin tu fe férrea y tu capacidad de enfrentar el mundo con los puños apretados y el corazón intacto. ¿Sería solo un imbécil más, como tantos?
Pero no lo soy. Y eso, en buena parte, es gracias a ti. Porque me enseñaste —sin discursos ni adornos— que los hombres también lloran. Y que no hay mayor valentía que la de admitirlo.





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